La tiranía de los extremos

Hay una experiencia que reconocerán muchos lectores: sentarse a la mesa familiar, en una reunión de amigos o incluso en el trabajo, y ver cómo cualquier conversación sobre política deriva inevitablemente en un enfrentamiento donde todo el mundo parece estar en un bando absolutamente opuesto al otro. El que no está completamente a favor está en contra. El que duda es un traidor. El que pide matices es sospechoso.

Esta es la realidad política de buena parte del mundo hispanohablante hoy, y debería preocuparnos profundamente.

¿Qué pasó con el espacio para la duda?

Durante décadas, la política democrática funcionó —con todas sus imperfecciones— sobre la base de que era posible encontrar acuerdos entre posiciones distintas. Las diferencias existían, claro, pero había un terreno común de valores básicos: la vigencia del Estado de derecho, el respeto a las minorías, la libertad de prensa, la independencia del poder judicial.

Ese terreno común se está erosionando. Y lo que lo erosiona no son solo los políticos radicales, sino también el entorno mediático y digital que los rodea: un ecosistema que premia la indignación, el enfrentamiento y la certeza absoluta, y que penaliza económicamente la reflexión, el matiz y la admisión de complejidad.

El problema con "ni lo uno ni lo otro"

Soy consciente de que la posición moderada tiene mala prensa por razones que a veces son legítimas. La moderación puede ser una coartada para el conservadurismo disfrazado: "ser moderado" frente a la violencia policial, la discriminación o la pobreza extrema no es virtud sino complicidad. Hay situaciones donde no hay un punto medio moralmente aceptable.

Pero eso no es lo que defiendo aquí. Defiendo algo más específico: la necesidad de que existan voces públicas capaces de reconocer que los problemas complejos rara vez tienen soluciones simples; que el adversario político no siempre es un monstruo; que cambiar de opinión ante nuevas evidencias no es debilidad sino inteligencia.

El coste de la polarización

La polarización extrema tiene consecuencias muy concretas:

  • Paraliza los parlamentos y hace imposible legislar sobre los grandes problemas.
  • Reduce la política a una guerra de identidades en lugar de una competencia de propuestas.
  • Facilita el ascenso de líderes autoritarios que se presentan como únicos salvadores.
  • Destruye el capital social —la confianza básica entre ciudadanos— que necesita toda democracia para funcionar.
  • Expulsa del espacio público a personas reflexivas y preparadas que no toleran la lógica tribal.

El moderado no es el que no tiene convicciones

Aquí está el malentendido central. La moderación no significa ausencia de ideas ni indiferencia moral. Significa tener la humildad epistémica de saber que uno puede equivocarse; la apertura para escuchar al que piensa diferente sin considerarlo automáticamente un enemigo; y la sofisticación intelectual para entender que los grandes problemas de nuestras sociedades —la desigualdad, la inseguridad, el cambio climático, la corrupción— no tienen solución en 280 caracteres.

Los moderados no son los que no luchan. Son los que luchan por construir en lugar de destruir, por sumar en lugar de excluir.

Una apuesta necesaria

En las próximas semanas y meses, La Columna se propone ser un espacio donde las voces que se resisten a la polarización puedan encontrar lugar. No porque la controversia no tenga cabida aquí —la tiene, y mucha— sino porque creemos que el debate real, el que mueve el pensamiento, no requiere de enemigos ni de certezas absolutas. Solo de honestidad y de la disposición a escuchar.

El silencio de los moderados es un lujo que ya no nos podemos permitir.